¿Diálogo o simple rollo?

La interlocución pareciera ser un ingrediente esencial en el accionar organizacional cotidiano. Después de todo, ¿no se supone que las conversaciones entre directivos, subalternos, clientes y proveedores son el eje motor de aquello que nos congrega alrededor de un objetivo común? Por supuesto, no dudo del poder de la palabra. Lo que me permito cuestionar es nuestra voluntad, incluso capacidad, para el libre intercambio de pensamientos e ideas.

Interlocución, lo sabemos, es sinónimo de diálogo. Este último vocablo se origina en el latín “dialogesthai” o conversar. Contrario a la creencia popular, un diálogo no se restringe a dos personas, ya que el vocablo no proviene del prefijo latino “di” (dos), sino de “dia” (entre). Por tanto, es perfectamente correcto hablar de un diálogo entre tres, cuatro o más individuos.

Quienes somos comunicólogos nos preciamos de especificar que, para que un diálogo ocurra, debe darse una comunicación entre los interlocutores. El lector y lectora podrán, en este punto, exclamar con cierta impaciencia: “¡Bueno, pero es obvio que si estamos dialogando es porque existe comunicación entre nosotros!” No necesariamente, pues la comunicación debe consistir en un intercambio SIGNIFICATIVO de información. Pudiera ser que simplemente intercambiemos información trivial: – ¿Qué lengua hablaban los aztecas? – ¿El azteca? – No, el náhuatl. Difícilmente podríamos catalogar como significativa una conversación como la anterior, a menos que ambos interlocutores mostrasen un claro interés en las culturas precolombinas (algo que podríamos poner en tela de duda si uno de ellos ignora algo tan simple como la diferencia entre azteca y náhuatl).

A lo que quiero llegar es que la gran mayoría de aquello que etiquetamos como diálogo no lo es realmente. En el ámbito empresarial, si don Rogelio, mi jefe, solicita mi opinión sobre el mensaje que escribió para los accionistas y yo estoy convencido de que su texto está para llorar, lo pensaré dos veces antes de compartirle mi opinión verdadera. ¿Por qué? Por mis miedos internos: miedo a que piense que soy un criticón; a que me pida que lo reescriba siendo que no es mi trabajo; miedo, incluso, a que me reprenda si se siente insultado.

Si mis miedos hablan por mí, entonces mi respuesta será: A) un comentario bastante inconsecuente: “Don Rogelio, su mensaje a los accionistas me pareció realista y espontáneo”, o B) una observación abiertamente lambiscona: “Jefe, ¡su mensaje es poco menos que excelso!” Si mi relación con don Rogelio no es cercana ni honesta, éste se mostrará satisfecho con cualquiera de estas dos respuestas, ya que lo que sucede en aquello a lo que erróneamente llamaríamos diálogo no es sino una excusa de su parte para reafirmar su poder sobre mí y una excusa de mi parte para confirmarle que él es el gallo mayor del gallinero. En este caso no podríamos hablar de interlocución sino de circunlocución, es decir, un rodeo de palabras vulgarmente llamado “rollo”.

En mi labor como asesor empresarial, estoy convencido que la interlocución no sólo debe convertirse en un espacio de intercambio honesto y profundo de percepciones entre los actores organizacionales sino en el terreno empresarial supremo: ¡el de las “netas”! Si mi relación con don Rogelio es respetuosa pero también íntegra y verdadera, si él me pregunta qué me pareció el mensaje que escribió es porque realmente valora mi punto de vista. Por ello, capitalizando en la confianza construida, podré hacerle ver: “Don Rogelio, generalmente sus mensajes me parecen atinados. Creo que en este caso le faltó claridad y contundencia. Además, su referencia a la compañía como un ‘cisne elegante y refinado’ me pareció bastante forzada.”

Así, sabedor de que mis conversaciones con don Rogelio son íntegras y elocuentes, me puedo permitir hablarle con franqueza y sin miedo. Si don Rogelio no se había dado cuenta de la vulnerabilidad argumentativa de su mensaje, tal vez me conteste: “¡Y yo que me sentía tan orgulloso de mi idea del cisne!, pero tiene usted razón, resulta demasiado forzada”. Y, si él ya sospechaba que su escrito no era en esta ocasión tan bueno, probablemente me confesará: “¡Ya me temía que este rollo del cisne sonaba un poco falso!”. La interlocución entonces resultará trascendente y significativa para ambos.

Acerca de Raúl González Pinto

Raúl González Pinto es consultor empresarial, coach, doctor en comunicación organizacional y catedrático del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey campus Querétaro. Es socio del despacho González Roitman y Asociados, expertos en interlocución organizacional.
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