Rogelio es un gerente brillante y seguro de sí mismo y no duda en hablar de sus éxitos, aunque algunos lo tachan de engreído. Celia, también gerente, es igualmente destacada pero se siente incómoda hablando de sus triunfos, por lo que no todos conocen sus evidentes fortalezas. ¿Con quién de los dos te identificarías más, lector o lectora?
Ambos ejecutivos representan polos opuestos de la condición del éxito. El hipotético Rogelio simboliza, por un lado, a quienes nombraré los “orgullosos brillantes” mientras que Celia es representativa de a quienes me referiré como los “humildes brillantes”. ¿Cuál categoría es más digna de admiración?
Si al inicio de estas líneas no te identificaste con la Celia de nuestro ejemplo por pensar que tal vez ella fuese una persona insegura o de baja autoestima, tal vez sería hora de que reconsiderases dichas suposiciones. Clayton Christensen, quien imparte un curso de humildad en la escuela de negocios de la Universidad de Harvard, explica en una publicación reciente que tiene por costumbre pedirle a sus alumnos describir a la persona más humilde que conozcan. Contrario a lo esperado, éstos generalmente mencionan a individuos seguros de sí mismos y satisfechos con su manera de ser.
De acuerdo con este hallazgo, los humildes – lejos de dudar de sí mismos – se permiten bajar la guardia, pues tan seguros están de sus habilidades y talentos que se dan el lujo de actuar con sencillez. Sobre el particular, Christensen explica: “Cuando nos sentimos realmente cómodos con nosotros mismos, es cuando mostramos una actitud de humildad y deseamos ayudar a otros a que se sientan tan bien como uno”. Ejemplo de esta idea es la siguiente frase, atribuida al escritor suizo Henry Amiel: “La verdadera humildad consiste en estar satisfechos”.
Por el contrario, los individuos abusivos y prepotentes padecen de baja autoestima, ya que la única manera de sentirse bien consigo mismos es demeritando a otros. A mi parecer, éste es también el caso de quienes, de manera hipócrita, practican la falsa modestia y acaban manipulando a los demás para que entonen las alabanzas que se escatiman a sí mismos.
Esto no quiere decir que los “orgullosos brillantes”, como el Rogelio de nuestro ejemplo, tengan que ocultar sus hazañas, ya que existe una diferencia notable entre la asertividad del orgulloso brillante, quien tiene todo el derecho del mundo a compartir sus triunfos, con la arrogancia del prepotente, quien comete el error de estimar en exceso su propia valía.
Consideremos el caso del intérprete de hip-hop Kanye West, a quienes algunos juzgan de francamente arrogante. West, por ejemplo, recientemente declaró: “Si en mi país se ve con buenos ojos que la gente se esfuerce por realizar grandes proezas, ¿por qué entonces no es bien visto que yo diga que soy magnífico?”. Si bien West ha reconocido que “la arrogancia es el vapor que impulsa mis sueños”, también es cierto que sus 14 premios Grammy y sus 30 nominaciones al mismo lo colocan como uno de los compositores e intérpretes más exitosos de los últimos tiempos. Por ello yo lo clasificaría como un “orgulloso brillante” y no necesariamente como arrogante, por mucho que él se jacte de serlo. También calificaría de igual forma a nuestro paisano Hugo Sánchez, quien si bien nunca se ha caracterizado por su modestia, es sin duda el goleador más famoso que ha dado México. Arrogante, para mí, sería Ted Turner, el poderoso dueño de la cadena noticiosa CNN, quien se expresó así sobre su propia persona: “Si encontrase alguna humildad en mí, entonces sería perfecto”.
Tampoco habría que confundir la modestia de una “humilde brillante”, como la Celia de mi ejemplo inicial, con la pequeñez de los apocados, quienes inexplicablemente subvaloran su grandeza. ¿Cómo distinguir pues a unos de otros? El humilde brillante se siente incómodo llamando la atención a sí mismo pero tampoco escatima sus triunfos. El apocado, en cambio, le teme al triunfo y acaba regodeándose en su abismal mediocridad. En todo caso habría que tener en cuenta el sabio consejo de Mahatma Gandhi, uno de los humildes más brillantes: “Para poder descubrir la verdad, uno debería ser tan humilde como el polvo”.
Bibliografía: Christensen, C. M. “How will you measure your life?” Harvard Business Review. Julio/agosto, 2010.
