“¿Qué quisiste decirme?”, “¿tienes algo contra mí?” o “¿y yo qué te hice?” son preguntas que en ocasiones nos sentimos con derecho a plantearle a algún compañero de trabajo cuya conducta desaprobamos. Sin embargo, su tono acusatorio casi siempre empeora las cosas. ¿Cómo expresarnos pues de manera constructiva?
Te comparto lector/lectora ejemplos de frases tan dañinas como las anteriores y mis sugerencias de cómo plantear nuestras inquietudes más adecuadamente:
1. ¡ESO A MÍ NO ME CORRESPONDE! Aun siendo verdad, la frase es hostil y transmite la idea equivocada: “¿Ya mí qué? ¡Ese no es mi problema!” Una manera positiva de expresar la misma idea es “No tendría inconveniente en hacer lo que me pides pero, hasta donde sé, no soy la persona adecuada para hacerlo”. Y si el interlocutor es tu jefe, ¡ni hablar! hay que tomar su petición como una orden. No obstante, es tu prerrogativa agendar una conversación posterior para definir con claridad tus responsabilidades.
2. ESTO TE PARECERÁ UNA ESTUPIDEZ, PERO… Una frase así equivale a marcar gol en la propia portería, ya que transmite la idea de que nuestras aportaciones no son suficientemente valiosas. Simplemente di lo que tienes que decir; es irrelevante que a tu interlocutor le parezca o no una tontería.
3. LA VERDAD, NO HE TENIDO TIEMPO… Esta frase tan común presenta todo tipo de variantes: “¡Vieras que he estado súper ocupado!”, “Es que se me juntó la chamba…”, etc. Aun suponiendo que yo haya incumplido una promesa por encontrarme atareado, no deja de sonar como excusa. Manda además la señal equivocada: “Si lo tuyo fuese en realidad importante, seguramente lo habría atendido”. Lo mejor es tomar responsabilidad por nuestras acciones: “No me organicé bien; te pido disculpas” o “Reconozco que no lo hice por una falta de previsión de mi parte”.
4. ¡ESTÁS EQUIVOCADO! Suponiendo que de hecho la otra persona lo esté, esto no me exime de mi parte de responsabilidad. El enunciado se presta además para que el otro se ponga a la defensiva: “No, manito, ¡el que está mal eres tú!”. Una manera constructiva de expresar la misma idea es sustituir el “tú” por un “yo”: “Me resulta frustrante que me hagas llegar información no verificada, te agradeceré que en lo sucesivo le pongas más atención a tus envíos”. De esta manera le facilitarás a tu interlocutor mostrar una mejor actitud hacia tus asuntos.
5. ¿CÓMO CREES? ¡YO NADA MÁS DECÍA! Esta expresión equivale a poco menos que tirar cobardemente la piedra y esconder la mano. Lo cierto es que esta afirmación no tiene nada de inocente y es una acción típica de las personalidades pasivo-agresivas, aquellos que “como no queriendo la cosa” ofenden o se mofan de los demás. Si, en efecto, algo que el otro dijo o hizo me resulta inaceptable, ¿qué me impide decírselo tal cual? Y si no es el momento apropiado para hacerlo, solicitemos entonces una conversación: “Me gustaría darte cierta retroalimentación que considero oportuna e importante, ¿cuándo te parece que nos reunamos al respecto?”
6. ESPERO QUE NO TE MOLESTES POR ESTO QUE TE VOY A DECIR, PERO… Esta frase precautoria origina el efecto opuesto de lo que pretende evitar: contrariar a la otra persona por algo que estamos a punto de reclamarle. Es como si le dijéramos: “Espero que no te duela la pedrada que estoy a punto de darte, pero…” Como en el punto anterior, sugiero hacerle ver al otro que deseamos externarle ciertas impresiones cuando así lo estime conveniente.
7. ES QUE SI TÚ HUBIERAS… Como se dice por ahí, el hubiera no existe. Esta locución resulta además injusta, pues condiciono mañosamente mis acciones a lo que el otro haga o deje de hacer, cuando en realidad no existe una relación causal entre lo primero y lo segundo. En un caso así también es mejor hablar en primera persona: “Yo supuse, tal vez de manera incorrecta, que tú me ibas a llamar y por eso no te contacté, ¿entendí bien o estoy equivocado?”
8. ¿ME DEJAS HABLAR? Ésta es una de las frases más desafortunadas que podríamos pronunciar en una conversación: si bien vuelve evidente que el otro no me está escuchando, también a éste le resultará claro que yo tampoco tengo la menor intención de hacerlo. Por lo general surge en momentos ríspidos de una conversación y lleva, por tanto, un tono impaciente e intimidatorio. ¿Cómo evitarla? “Entiendo lo que me dices, aunque no lo comparto: por ello te pido que ahora escuches mi punto de vista”.
Como advierten sabiamente las abuelas, no deja de ser importante cuidar la manera en que decimos las cosas, sea en la vida privada o en el lugar de trabajo.
